El estigma de cuidarlos
4/06/2021
4/06/2021
Atender a los animales, de forma profesional o altruista, no está tan bien visto como parece
El hecho de que no concedamos a los animales el respeto que merecen parece relegar también a un lugar secundario a las personas que deciden dedicarles sus cuidados. Seamos sinceros, ser médico tiene más prestigio que ser veterinario. Y una actividad de voluntariado enfocada a las personas tiene más caché que alimentar una colonia de gatos. Lo primero, de hecho, suele despertar las simpatías de los vecinos; lo segundo, puede incluso derivar en problemas de convivencia.
Nos preguntamos por qué a las actividades relacionadas con el cuidado de los animales no humanos les suele faltar reconocimiento. Y la respuesta parece vinculada al orden que del mundo animal ha creado el hombre, en el que él se sitúa justo en el centro y se otorga la mayor importancia, restándosela al resto de animales y, por transferencia, a quienes cuidan de ellos.
Para la doctora en antrozoología e investigadora de la Cátedra Paula Calvo “estamos en una era antropocéntrica, en la que todo gira alrededor del hombre. Lo que no esté en esa órbita es inferior, así que, si te dedicas a esos seres que consideramos inferiores, tú también lo eres”. Así de sencillo, así de horrible.
La científica explica que la sociedad no termina de entender bien el nexo emocional entre especies —cuántos de quienes sí lo sentimos no hemos escuchado alguna vez ese ‘uy, parece que te gustan más los animales que las personas’—, ni las consecuencias físicas del contacto habitual con ellos, en forma de pelos, olores o babas. “Es un trabajo que, aunque la mayoría de nosotros no, algunos consideran sucio o denigrante”, afirma.
Ni la baja remuneración ni el exceso de licenciados, pese a ser también realidades indeseadas de su profesión. El principal reto para los veterinarios madrileños, según el estudio Veterinaria 2030 promovido por el Colegio de Veterinarios de Madrid (Colvema) y Amvac, es la falta de valoración social. Los 1.000 veterinarios colegiados encuestados consideran que cuentan con una buena valoración por parte de la industria alimentaria y ganadera, pero lamentan la imagen que de ellos tienen las administraciones públicas y la sociedad general.
Falta abrigo social para unos profesionales que, sin embargo, se exponen a la muerte y al contacto prolongado con el sufrimiento ajeno con más frecuencia que otras especialidades del ámbito sanitario. En las clínicas de pequeños animales es frecuente que tengan que atender algunos casos complicados, que incluso pueden requerir la eutanasia de un animal de compañía. Una exposición continua al sufrimiento que puede minar el estado de ánimo y tener secuelas psicológicas y físicas incluso incapacitantes. Es un síndrome más común que conocido, que se denomina fatiga por compasión, y que ha sido analizado por la doctora Paula Calvo en el Blog de la Cátedra. [Fatiga por Compasión, debemos cuidar a los que cuidan al resto de animales 27/11/2020]
En la profesión veterinaria, de hecho, se registran índices de suicidios superiores a la media de otras profesiones y, por supuesto, de la población general. El Journal of the American Veterinary Medical Association publicó un estudio realizado entre 2003 y 2014 que constataba que las tasas de suicidio de veterinarios y técnicos veterinarios eran significativamente superiores a las de la población general de Estados Unidos.
En ese mismo país se ha generado un movimiento y una organización, NOtOneMoreVet.org (ni un veterinario más), tras el suicidio de la famosa veterinaria Sophia Yin en 2014. Se trata de una organización sin ánimo de lucro que tiene como objetivo dar soporte emocional a los veterinarios para evitar que puedan plantearse el suicidio, ofreciendo canales directos de comunicación con especialistas e información sobre el problema.
El suicidio es un acto que tiene causas complejas, entre las que se encuentra el ya mencionado síndrome de fatiga por compasión, el ‘burnt out’ asociado a un escaso reconocimiento social y económico; altos niveles de empatía y frustración ante el sufrimiento, enfrentamiento habitual a la muerte, así como el conocimiento y acceso a los medicamentos empleados en la eutanasia, un proceso que viven como ‘muy próximo’.
Esta exposición de posibles motivos corresponde a Helena Arce, presidenta del Comité de Veterinarios para la Protección Animal (CVPA) del Colegio de Veterinarios de Barcelona, que define a la suya como una profesión muy vocacional y que desarrolla un alto nivel de empatía con pacientes y cuidadores, pero en la que, sin embargo, hay un elevado índice de abandonos. “Es una carrera que se empieza con mucha ilusión, pero a día de hoy, muchos de los que empezamos trabajando siendo veterinarios clínicos hemos dejado de ejercer como tales”.
Explica que, además, es una profesión que se siente frecuentemente ninguneada, sin gozar del reconocimiento que tiene en otros países europeos. “También lo hemos visto con la pandemia. No nos han tenido en cuenta en los comités asesores ni en las campañas de vacunación, cuando somos posiblemente el colectivo con mayor conocimiento y experiencia en la lucha contra los coronavirus y en la medicina de colectivos. Además, realizamos enormes campañas de inmunización en poblaciones muy extensas”.

Manifestación celebrada en 2019 en Madrid reivindicando el papel sanitario de la profesión veterinaria.
Mientras que en países como Francia, Alemania o Gran Bretaña los veterinarios están en la ‘cúspide social’, en España cuentan con un primer convenio laboral desde hace poco más de un año. (Animal’s Health 16/01/2020: https://www.animalshealth.es/profesionales/accede-convenio-nacional-veterinario). ¿Qué significa esto? Pues que un licenciado superior en sanidad, como son ellos, podía cobrar el salario mínimo. Además, los veterinarios clínicos ni siquiera están asignados al ministerio adecuado (Sanidad), y siguen perteneciendo todos, no sólo los que se dedican a la sanidad de animales de producción, al Ministerio de Agricultura, recalca Arce. Y recuerda la frase de Louis Pasteur: “La medicina humana salva al hombre, la medicina veterinaria salva a la humanidad”, haciendo hincapié en la relación directa que existe entre la medicina veterinaria y la protección de la salud pública.
Un dato más: aunque el 60% de los patógenos que afectan al hombre y el 75% de los patógenos llamados ‘emergentes’ son de origen animal, y pese al movimiento científico internacional que concibe la salud humana, animal y del planeta como solo una, One Health, a día de hoy el Ministerio de Sanidad sigue excluyendo a los veterinarios de las pruebas de acceso a al Sistema Nacional de Salud, a la que optan otros sanitarios, como médicos, farmacéuticos o biólogos.
Buena parte de la sociedad valora y aplaude el trabajo de las voluntarias (sí, sí, en femenino, puesto que la mayoría son mujeres) de los refugios, albergues, protectoras y santuarios de animales. Pero tampoco es infrecuente el menosprecio a su labor, con expresiones tan típicas y desafortunadas como la de ‘pero si solo son animales’, con las que algunos despachan su dedicación.
Las oportunidades para poner a prueba su vocación en este país no son precisamente escasas porque, según datos de la Fundación Affinity, más de 300.000 perros y gatos fueron recogidos por protectoras durante el 2019, una cifra que perpetúa a España a la cabeza de Europa en abandono animal.
Es lo que nos cuenta Angels Calleja, voluntaria de Associació Engrescats de les Terres de l’Ebre, que sabe mucho sobre las barreras que levantan algunos vecinos y ciudadanos que no entienden por qué, por ejemplo, se debe alimentar a las colonias de gatos, y llegan a insultar y amenazar a las mujeres que lo hacen, con frecuencia estigmatizadas como ‘las locas de los gatos’. Porque si hay una actividad de voluntario hacia los animales que destaca por su incomprensión, esa es la alimentación y cuidado de las colonias de gatos ferales. [¿Y si aprendemos a apreciar a los gatos urbano? Blog de la Cátedra, 12/02/2021]
“Algunas de las alimentadoras de las asociaciones deciden salir a alimentar las colonias por la noche, cuando nadie las ve, para evitar confrontaciones con personas que no entienden ni tienen el más mínimo interés en conocer los beneficios que representan las colonias ferales en la población. Y por si eso fuera poco, no conocen que el responsable de los gatos de la calle es el propio ayuntamiento del municipio que, según la ley, es quien debe encargarse de los animales abandonados y colonias ferales de su municipio mediante convenios con asociaciones y protectoras”, se indigna Calleja.
Al igual que los veterinarios, el colectivo de trabajadores y voluntarios de protectoras sabe mucho también de los zarpazos de la fatiga por compasión. Ángels explica el desgaste emocional que sufren porque “es un trabajo que implica un alto nivel de empatía hacia los animales, difícil de gestionar cuando es necesario asimilar la frustración de no conseguir siempre salvarlos. En el mejor de los casos, tenemos que asumir y actuar ante un goteo imparable de animales que llegan maltratados, en estado de shock, desnutridos, en situaciones realmente lamentables, o rescatarlos en estado de pánico absoluto, sin poder explicarles que lo único que quieres es salvarles la vida

Es curioso que la expresión ‘loca’ vuelva a aparecer cuando otra voluntaria de protectora, Patricia Alhambra, de ADAYRA, se refiere a cómo algunos perciben desde fuera su actividad. “Cuando entras en este mundo, mucha gente de tu alrededor piensa que eres la ‘loca de los perros’, no entienden cómo puedes pasar tu fin de semana en un albergue dedicando tu tiempo libre en ayudar a animales, pasando frío en invierno y calor en verano, de manera altruista pasar horas paseando perros, limpiando cheniles, dándoles de comer, etc. Para ellos simplemente son eso, perros, no seres vivos que sienten el dolor, la tristeza, la alegría igual o más que nosotros los humanos, creo que realmente se debe a falta de consciencia del problema real que existe en este país en el abandono animal ya que, si se tomaran un segundo en vivir en sus carnes la realidad, se darían cuenta de que ayudar debería ser un deber de todos y cada uno de nosotros para hacer de este mundo un lugar mejor”.
Sobra el agradecimiento de otros cuando, como le ocurre a Patricia, ser voluntario de un albergue se siente como “una labor muy gratificante, por la que recibes lo poco que das multiplicado por mil”. Ángels, por su parte, argumenta que la finalidad del voluntariado no es el reconocimiento, ya que es “una tarea de vocación extrema donde las medallas se llevan en el corazón, no colgadas del cuello. Nuestro mayor premio se reduce a un simple lametón de quien recogiste casi sin poder mantenerse en pie”.
El premio se transforma en gordo de la lotería cuando, como en este refugio de Palm Beach, en el sureste de Estados Unidos, se vacían los cheniles porque todos sus perros han sido adoptados. Ocurrió en abril de 2020.
Este es el VIDEO que grabaron aquel día, el vídeo que todos los voluntarios de protectoras desean grabar. Y la foto de Facebook.

Cuidar de un animal enfermo, llevarle al veterinario o sufrir el duelo de su pérdida se abren paso como causas de ausencia justificada del trabajo entre los responsables de los recursos humanos de algunas empresas; pero no es una práctica normalizada, y mucho menos en nuestro país.
Salvo contadas excepciones, en España hoy, si necesitas ausentarte del trabajo por algún motivo que tenga que ver con el animal con el que vives, la opción más viable es solicitar un día de asuntos propios o de vacaciones. La comprensión en este caso, tanto de superiores como de compañeros, no suele estar muy a la orden del día.

En otros países, sin embargo, las empresas empiezan a extender permisos por distintos motivos que guardan relación con los animales de compañía, al considerarlo un beneficio para el trabajador que redunda en la productividad de la empresa.
En Estados Unidos y Reino Unido cada vez más corporaciones se suman a conceder horas o días libres a sus empleados para cuidar de sus mascotas o acompañarlas al veterinario; e, incluso, permisos más extensos por adopción. Es una manera de normalizar, también en las relaciones laborales, la importancia de los animales en nuestra vida.
En Italia, Anna, una bibliotecaria de la universidad italiana de La Sapienza, llevó a su empresa a los tribunales por denegarle los dos días de baja laboral que había solicitado para poder cuidar de su perra enferma. La mujer ganó la batalla en los tribunales basándose en sentencias anteriores del Tribunal Supremo que establecían penas de hasta un año de cárcel y multas de entre 1.000 a 10.000 euros por abandono y maltrato animal. La protectora que la prestó ayuda legal se felicita del precedente que introduce.

Anna y Cucciola
Por:
Alicia García Flores
Periodista
ISSN 2792-8144
Título clave: Blog de la Cátedra Animales y Sociedad
Título abreviado: Blog Cátedra Animales Soc.

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