Dumbo: Ética y tecnología en la construcción del animal para el espectáculo.

El 29 de marzo se ha estrenado en nuestro país Dumbo, un remake del clásico de animación de Disney de 1941 que, bajo la idiosincrática dirección y visión estética de un siempre imaginativo Tim Burton, nos enseña el camino hacia una industria del espectáculo libre de animales salvajes. La producción sitúa esta nueva historia del ya pequeño elefante de orejas gigantes en los Estados Unidos de 1919, en el seno de un circo decadente mantenido a duras penas por un grupo de personajes inadaptados cuyo único vínculo no es más que una marginalidad de lazos tan poderosos como si de una familia se tratase. Burton ha sabido combinar – y equiparar – su inagotable pasión por el individuo desvalido y excéntrico con la denuncia contra la explotación animal, pues es al fin y al cabo el animal el que, sometido a siglos de exhibicionismo, ejercicio físico abusivo y maltrato sistemático por la industria circense, se alza como justo merecedor de un reconocimiento del linaje de su sufrimiento.

“Dumbo”, un alegato contra la presencia de especies no domésticas reales en el cine

En un momento histórico en el que el mundo occidental está progresivamente prohibiendo el uso de animales salvajes en circos (o, por lo menos, cuestionando las graves implicaciones éticas inherentes a su instrumentalización para tal fin), el Dumbo de Burton adquiere aún más sentido. Por poner un ejemplo, en España, la coalición Infocircos ha realizado avances muy significativos en la regulación y prohibición del uso de animales salvajes para el espectáculo circense. Pero, más allá del universo del circo, en el que la explotación comercial del animal salvaje resulta más visible, el Dumbo de Burton supone, en gran medida, la culminación de las últimas tendencias en prácticas cinematográficas que obran por eliminar la utilización y presencia de especies no domésticas reales. Desde La vida de Pi (2012) y Noé (2014) hasta El libro de la selva (2016), Hollywood ha ido suplantando al animal salvaje por sofisticadas creaciones digitales que suponen un paso más allá de sus antecesores tecnológicos consistentes en marionetas y animatrónicos (si bien resulta necesario matizar que, aun presentando la imagen digital en pantalla, la industria cinematográfica norteamericana ha hecho en ocasiones uso de animales reales para su estudio, como es en el caso del tigre en la ya mencionada Vida de Pi).

El Público no perdona incoherencias entre el mensaje de la película y la práctica industrial

Acaso esta revolución obedezca a los crecientes instintos éticos de las grandes productoras… Con todo, resulta más probable que el fin deseado sea, en realidad, evitar suscitar cualquier tipo de molestia entre un público cada vez más concienciado del sufrimiento animal en virtud del uso estratégico que, de las redes sociales, han llevado a cabo las organizaciones animalistas, empleándolas como plataformas de difusión del maltrato animal en la industria del entretenimiento. Y es que el público no perdona incoherencias entre el mensaje de la película y la práctica industrial inherente a su producción, tal y como se pudo constatar en la celebérrima Liberad a Willy (1993), una película en contra de la cautividad de cetáceos que sin embargo había empleado a una orca auténtica, de nombre Keiko, para su filmación. La liberación real de Keiko acabó produciéndose, gracias a la presión mediática, unos años después; con todo, la incapacidad del animal de adaptarse a su entorno debido a haber pasado años atrapado en un tanque de agua le impidió vivir mucho tiempo. Es evidente que toda productora trata de evitar que su última película se convierta en objeto de controversia o boicot público; tanto más en el caso del cine infantil o familiar, cuyos destinatarios difieren de los de otros géneros, y en un momento en que la American Humane Association (AHA) – la organización encargada, desde los años cuarenta, de vigilar el uso correcto de animales en el cine norteamericano – ha perdido algo de su credibilidad (recordemos que hace escasamente dos años, las imágenes de un perro en riesgo de ahogarse durante el rodaje de  Tu mejor amigo puso en tela de juicio el tipo de supervisión llevado a cabo por dicha asociación).

La película de Burton es también un homenaje a los elefantes de circo de Estados Unidos

Burton no cae en inconsistencias al respecto dentro de su estructura metateatral: resulta lógico que una producción que rechace el uso de animales para el circo se niegue a emplearlos para otro género igualmente dedicado al espectáculo. Cabría especificar que tal planteamiento se limita exclusivamente a especies salvajes – no así a los animales domésticos que aparecen en la película, desde perros a caballos, que sí son animales auténticos cuya presencia ha sido avalada por el sello de la AHA.

Pero, además, mediante referentes intertextuales, Dumbo rinde homenaje a todos los elefantes de circo sobre los que Estados Unidos articuló su tradición circense. Para aquellos lectores interesados en abordar esta temática con mayor profundidad, se recomienda el ensayo de Ronald B. Tobias, de título Behemoth: The History of the Elephant (2013), un estudio tanto de la iconografía del paquidermo en la historia cultural y política del país, como de las biografías de varios ejemplares de estos animales, tal y como se recogieron en los diarios de su época. De entre la larga lista de elefantes que infelizmente se hicieron hueco dentro de estos circos, Dumbo se hace eco de tres:

1.- Jumbo, de quien toma su nombre, fue el más conocido elefante del magnate del entretenimiento, P.T. Barnum. El animal se convirtió en una celebridad tanto en Inglaterra, desde donde se importó, como en Estados Unidos, donde simbolizó el éxito del individualismo y del capitalismo norteamericano frente a la decadencia de la aristocracia europea. Originariamente, Jumbo había sido capturado como cría en Sudán en la década de los 60 del siglo XIX. No sobrevivió demasiado tiempo como propiedad de Barnum: en 1885, tres años después de cruzar el Atlántico, fue atropellado por un tren.

2.- Babe fue la primera elefanta en dar a luz en suelo estadounidense. En 1875 tuvo una cría en el estado de Missouri, el mismo donde Burton recrea el nacimiento de Dumbo. Esta primera cría vivió pocos días y no atrajo demasiada atención mediática. No obstante, en 1880, Babe daría luz a otra, esta vez una hembra, que recibiría el nombre de Columbia. Por entonces Babe era propiedad de la compañía Cooper y Bailey, que supo rentabilizar la maternidad del reino animal gracias a la prensa. Poco importaba el hecho de que Babe, trastornada por años de cautiverio y encadenamiento, careciese de todo instinto maternal, pues se mostró violenta y desinteresada en alimentar a su cría. La construcción de la imagen de la elefanta madre como una suerte de madonna animal, no obstante, se popularizó dentro de los discursos melodramáticos de la prensa, convirtiendo el afecto materno-filial en un motivo de exhibicionismo propio del circo, y a la pequeña Columbia en un animal que, al igual que Dumbo, atraía a las masas como esencia del espectáculo.

3.- Topsy ha pasado a los anales de la historia como aquella elefanta asociada a dos de las grandes tecnologías del siglo XX: la electricidad y la cámara de cine. Topsy fue cruelmente electrocutada en 1903 en Luna Park en Coney Island, lugar donde también se erigía el parque de atracciones Dreamland, donde Burton sitúa gran parte de la película. Su sacrificio corrió a cargo de Thomas Edison (descubridor de la corriente directa que competía con la corriente alterna de George Westinghouse) y fue grabada por su colaborador, Edwin S. Porter. La convergencia entre cine y electricidad sobre el cuerpo del elefante se perpetuaría así en la historia de la ciencia moderna. Dumbo homenajea a Topsy mediante numerosas referencias tanto a la electricidad como a la captura del cuerpo animal por parte de la cámara, al tiempo que, paradójicamente, celebra la posible superación del abuso animal gracias, precisamente, a la tecnología actual.

No existe el derecho a sentirse entretenido por un animal salvaje

Son estos referentes los que desenmudecen y dan voz a los fantasmas de los elefantes del pasado. En inglés, dumb no sólo significa tonto o bobo – también significa ‘mudo,’ o ‘incapacitado para el habla humana.’ Esta ‘carencia’ ya no es percibida como pretexto justificativo de abuso o maltrato, y aquellos escépticos que se sientan ‘engañados’ por una tecnología que suplanta la naturaleza animal han de asimilar que el artificio es, probablemente, nuestro mejor camino hacia la autenticidad tanto afectiva como ética. Con Dumbo, Burton nos invita a reflexionar sobre nuestro supuesto derecho, como espectadores, a sentirnos entretenidos por los animales salvajes; nos invita a cuestionar la moral sobre la que nuestra cultura visual se sustenta. Por encima de nuestro derecho a ver, nos dice Burton, está el derecho del animal salvaje a no ser visto, que es, al fin y al cabo, hacia lo que le empuja su instinto.

Por:

Claudia Alonso Recarte

Profesora Titular de Filología Inglesa

Universitat de València