La muerte de nuestros animales de compañía
16/2/2024
16/2/2024
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La convivencia con animales de compañía es, cada vez más, un hecho en nuestra sociedad.
Por ejemplo en España, en 2021 eran más de 31 millones los animales registrados [1]. Eso sin tener en cuenta que, todavía, el tema del registro de animales es una asignatura pendiente , lo que significa que esos 9,3 millones de perros y 5,8 millones de gatos que sabemos que conviven con nosotros, son sólo la punta del iceberg de la realidad.
Número arriba o abajo, lo cierto es que este panorama resalta la conexión profunda que existe entre las personas y los animales que introducimos en nuestras vidas, considerándolos, cada vez más como miembros de la familia [2].
La visión de los animales como seres que contribuyen significativamente a nuestro bienestar emocional y físico en estos momentos es, nuevamente (y, afortunadamente), un hecho. Enriquecen nuestros hogares con su alegría y compañía, llegando a establecer un intenso vínculo afectivo con nosotros.
Desafortunadamente, todas las bonanzas que acabo de describir llevan consigo una realidad más triste y mucho más dolorosa: todos sabemos que, incluso en el mejor de los casos, su corta vida en comparación con la nuestra supone aceptar que los veremos morir.
Perder a un ser querido es un hecho traumático que nos produce sentimientos de dolor.
A partir de la segunda mitad del siglo pasado, el proceso de duelo tras la pérdida de un ser querido empezó a cobrar una especial relevancia. Y es que, recuperarse de lo que supone la desaparición de esa figura con la que habíamos establecido un apego y un vínculo emocional, no es algo sencillo y, en mayor o menor grado, nos implica pasar por una determinada sintomatología [3] y requiere de tiempo para superarlo y restaurar el equilibrio emocional [4].
De una forma u otra todos pasaremos por una serie de procesos naturales que, actualmente, se dividen en cuatro categorías, cada una de ellas, con su correspondiente sintomatología: sentimientos y emociones; sensaciones físicas; cogniciones y conductas.
Desde que la Dra. Elisabeth Kübler-Ross iniciara sus trabajos sobre el duelo y la importancia de hablar de la muerte y dar un lugar a lo que significa morir, o que alguien cercano y querido muera [6], se ha escrito e investigado mucho al respecto.
No voy a entrar en las ya conocidas fases del duelo, no sólo porque se escapa de los objetivos de este artículo sino porque desde esos primeros trabajos, en 1969, de la Dra. Kübler-Ross hasta la actualidad, el número de etapas, fases o tareas varía dependiendo de los autores (llegando, incluso, hasta hablarse de doce).
Lo que es importante tener en cuenta es que ni todos pasaremos por el proceso de duelo de la misma manera, ni con la misma intensidad ni, por descontado, pasamos por esas etapas de manera secuencial. Se trata de un proceso doloroso y natural, en el que deberemos ir reajustando nuestra vida para adecuarla a una nueva en la que ese ser querido ha dejado de estar presente.
Manejar que alguien que ocupa un lugar importante en nuestras vidas de pronto desaparezca, significa aprender a gestionar nuestro día a día para recomponer y volver a llenar de sentido a esa nueva vida sin el fallecido.
Esto nos lleva, evidentemente, al gran cuestionamiento que nos ocupa aquí: si introducir en nuestra vida a un animal de compañía significa establecer un fuerte vínculo y nos supone un gran aporte vital, ¿qué sucede cuándo tenemos que aceptar que muere?
Aunque todos somos conscientes que, sobre este tema, debido a la complejidad de sus repercusiones sociales, aún queda mucho camino por recorrer, afortunadamente, cada vez está más aceptado y damos más por hecho que sí, que la pérdida de nuestros perros, nuestros gatos (o cualquier otro animal de compañía con el que hayamos establecido un vínculo emocional) nos supone un dolor tan importante como cuando hablamos de la muerte de una persona. A veces incluso más elevado.
Perder a un animal de compañía es un estresor importante que altera nuestra vida al completo. Probablemente, como primera instancia, porque su presencia en nuestro día a día es constante. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, de una forma u otra, está ahí, junto a nosotros. Ya sea en la misma habitación, en la cocina avisándonos que es la hora de comer, o por los diferentes objetos que lo acompañan y nos rodean (camas, juguetes, comederos, arneses y correas o rascadores), lo cierto es que, en el momento de su fallecimiento, el vacío que nos deja es inmenso.
En 2021, una encuesta online [7] realizada a 400 personas, puso en número esa sensación de vacío, cuando un 58% de los encuestados consideraba “la pérdida de su compañía” como uno de los factores más duros de esa muerte. Un 50%, señalaba también a “no poder disfrutar de las actividades juntos”.
Desde finales del siglo XX, los estudios e investigaciones sobre los efectos de la pérdida de animales de compañía han ido aumentando exponencialmente, demostrándose continuamente los efectos negativos de esta pérdida, el norme estresor que supone y la elevada sintomatología que acarrea. Habitualmente, potenciados por la sensación de incomprensión por parte del entorno.
Por ejemplo, un reciente estudio con ancianos de entre 60 y 70 años, evidenció que un 47% de las personas encuestadas empeoraban a nivel de salud emocional y un 38,1% aseguraban haber disminuido su actividad física tras el fallecimiento de sus animales de compañía. Este estudio destaca también ese sentimiento de “tener que ir con cuidado” de a quién explicaban qué sentían por la muerte de su animal de compañía [8].
En 2006, Melisa Hunt y Yaniz Padilla, desarrollaron el Cuestionario de Duelo de Mascotas [9] para evaluar, a través de un breve cuestionario, el impacto emocional y psicológico del fallecimiento del animal de compañía. El cuestionario mide tres de los factores: el dolor (tristeza), la culpa y la ira.
Este cuestionario, adaptado a diversos idiomas, nos sirve como demostración de la importancia de las consecuencias de esa perdida y de cómo, igual que sucede con la pérdida de un ser querido humano, vamos a necesitar un proceso para lograr reajustar nuestras vidas al vacío que su marcha nos deja.
Lamentablemente, no obstante, en el caso de los animales de compañía, hay un ítem que, no sólo no podemos olvidar, sino que decanta la balanza a convertir el proceso de duelo en algo más complejo aún.
La responsabilidad de la calidad de vida del animal no es lo único que está en nuestras manos como tutores, sino que, habitualmente, también es nuestra responsabilidad decidir cuándo ha llegado el momento de marchar.
La Asociación Estadounidense de Medicina Veterinaria (AVMA) define la eutanasia como “la terminación humanitaria de la vida de un animal […] un método de muerte que minimiza el dolor, la angustia y la ansiedad que experimenta el animal antes de la pérdida de conocimiento”[10].
Con esta definición tenemos claro que estamos hablando de minimizar el sufrimiento y preservar el bienestar y calidad de vida del animal. Desafortunadamente, lo que en palabras puede parecer algo muy simple, en la práctica no lo es tanto.
No es fácil escapar de las connotaciones emocionales que supone trazar la línea a partir de la cuál damos por hecho que, no sólo la calidad de vida no va a mejorar, sino que, de no decidir que ya es el momento de dejarlo ir, estaremos comprometiendo su bienestar.
Obviamente, como tutores de los animales la última palabra para decidir ese cuándo es nuestra. No obstante, es importante que, desde un inicio de la vida del animal con nosotros, hayamos podido establecer una buena relación con el veterinario ya que necesitaremos de su ayuda y su criterio en este proceso.
No hay que minimizar las repercusiones que tiene, para los veterinarios, la responsabilidad de ser ese guía en el proceso porque, de hecho, las tiene, y son muchas. Afortunadamente, cada vez se estudia más la salud emocional y el cuidado de los equipos veterinarios ante los procesos de eutanasia, aunque aún quede mucho trabajo por delante.
Pero, volviendo al tema que nos ocupa, la realidad es que el que debe tomar la decisión final es el tutor. Por lo tanto, hay que tener muy en cuenta lo que supone enfrentarse a esa pregunta del millón: ¿cuándo ha llegado ese momento?
Evidentemente, en nuestras ganas de tener siempre con nosotros a ese ser al que queremos, que nos hace la vida mejor y al que nos une un fuerte vínculo emocional, encontrar ese momento adecuado no es una tarea fácil.
De hecho, al proceso de eutanasia van ligadas muchas emociones, pero, probablemente, una de las que destaca por encima de todas, es la culpa. Cuestionarse constantemente la decisión de la eutanasia es inevitable: ¿fue demasiado pronto?, ¿todavía quedaban recursos y cartuchos por quemar antes de esa fatal decisión?, ¿le fallé por no haber esperado y rendirme demasiado pronto? O, al revés, la culpa también puede surgir por sentir que esperaste demasiado y le hiciste sufrir más, si fuiste egoísta y no miraste por él, etc.
En resumen, un sinfín de cuestionamientos personales que aparecen en el momento que la decisión de detener definitivamente una vida pasa por ti.
Cierto es que hay situaciones que, tal vez (y sólo tal vez), hagan un poco más sencilla la decisión: la edad, un cáncer en estado avanzado, síntomas de dolor muy visibles, etc. Aun así, va a depender mucho de cada situación, de la persona, la familia, el apego hacia el animal y de más factores que hacen que ese encontrar el cuándo no se deba tomar a la ligera.
La evaluación de la calidad de vida suele ser uno de los indicadores más adecuados ya que, más allá de las dificultades y de las expectativas de que el animal no se vaya nunca de nuestro lado, el deseo de evitar el sufrimiento suele ser lo que decanta la balanza hacia esa decisión final.
Existen diversas herramientas para ayudar a los tutores a evaluar la calidad de vida. Algunas más simples, algunas más complejas y, evidentemente, no todas se ajustan en la misma medida a todas personas.
No vamos a entrar en explicar cada una de ellas, pero sí hacer hincapié que son herramientas que tratan de ayudar a ver con cierta objetividad cómo se encuentra realmente nuestro compañero de vida [11] y, así, facilitar al máximo la toma de decisión definitiva.
Se puede encontrar, no obstante, una lectura positiva entre todo este camino de emociones y sentimientos dolorosos y contradictorios. Y es que, aunque no seamos conscientes, todo el recorrido hasta llegar a la decisión final es, en sí mismo, parte del proceso de duelo. En otras palabras, desde el momento que afrontamos la posibilidad de la muerte, más allá de lo que se retrase, ya hemos entrado en la elaboración del duelo.
Estaríamos hablando, en cierto modo, de un duelo anticipado. Antes de que el animal haya fallecido, debemos enfrentarnos e ir gestionando los cambios emocionales relacionados con el significado de la muerte.
Paralelamente, además, ir preparando y decidiendo ese cuándo, nos ofrece la posibilidad de dar forma al escenario más adecuado. De esta forma, se puede dar una despedida significativa a ese animal al que tanto queremos y del que tanto nos cuesta separarnos.
En una encuesta elaborada, entre diciembre de 2021 y enero de 2022, por la Academia de Entrenamiento para la Eutanasia de Animales de Compañía [12] (CAETA por sus siglas en inglés), se les pidió a las encuestadas que puntuaran la eutanasia que más le impactó (siendo 1 la peor experiencia y 10 la mejor). El 59% de las respuestas destacaron las eutanasias que puntuaron entre 9 y 10.
Poder elegir la ubicación, disponer de tiempo para preparar el momento, escoger el día mediante una cita previa y que se pueda explicar con calma cada paso del procedimiento, resultaron ser factores importantes a la hora de valorar la experiencia de la eutanasia como positiva.
Está claro que poder despedirnos de una manera en la que, pese al dolor, uno pueda sentir que está dando un cierre bonito a esa historia de vida conjunta, es un gran predictor de cómo será la elaboración del proceso de duelo que le seguirá al fallecimiento.
Actualmente, hay estudios centrados en el hecho de poder realizar la eutanasia en el propio hogar. A priori, de ser posible porque la situación lo permita, estaríamos hablando de un entorno acogedor para los principales protagonistas de la historia.
En 2018, el cineasta Luke Rafferty y el periodista Ros Taylor realizaron un interesante proyecto audiovisual y documental [13] pretendiendo reflejar, precisamente, la belleza, la ternura y el significado de las eutanasias que se han podido planificar y cuidar.
Probablemente, no en todos los países se esté igual de avanzado en este tema. Está claro que queda recorrido para que opciones como Lap of Love [14], veterinarios especializados en la eutanasia en casa, estén a disposición de todo el mundo. Pero, lo realmente importante es la conciencia de lo que supone la pérdida de un animal de compañía.
Cada día se investiga más al respecto, se ofrecen alternativas y herramientas para ayudar a los tutores y se tiene más en cuenta el bienestar de todos los implicados. Ya es una realidad incuestionable que perder un animal de compañía tiene las mismas repercusiones emocionales que la pérdida de cualquier otro ser querido humano.
Desafortunadamente, no siempre las circunstancias darán pie a eutanasias preparadas con tiempo, ni todas las situaciones van a ser iguales.
Si ya hemos dicho que encontrar ese momento es una tarea compleja, que requiere de una valoración de la calidad de vida y el bienestar del animal que nos ayude a poner esa línea en la que es evidente que ya nada de lo que hagamos va a hacer que mejore, ¿qué ocurre cuándo esa valoración de la calidad de vida y el bienestar no se puede hacer de manera objetiva? ¿qué sucede cuando la decisión se basa en algo tan subjetivo como la salud mental?
Dar el paso de acabar con la vida de un animal físicamente sano al aceptar que su padecimiento emocional y sus problemas psicológicos son tan severos que su bienestar, su calidad de vida y la de todos los que le rodean, no pueden más que ir a peor, es una decisión especialmente compleja.
Tal y como afirma la escritora Beth Miller en su extraordinario libro, una de las más dolorosas que un tutor debe afrontar [15].
Hablar de la salud mental de las personas sigue siendo un tema complejo y, a mi humilde entender (aviso que la afirmación que sigue es una opinión personal), todavía es una gran asignatura pendiente que no acabamos de saber gestionar como sociedad.
Por lo tanto, si estamos hablando de algo muy subjetivo y de difícil manejo en los seres humanos, es poco probable que seamos capaces de manejarlo apropiadamente en el caso de los animales. Empezando porque, aun en estos momentos, sigue costando aceptar que los animales no humanos también tienen un mundo emocional que hay que entender y respetar.
Tengo que reconocer que todavía me cuesta entender (y me ofende, por qué no admitirlo) que, más de 150 años después de que el gran Charles Darwin (lo sé, si no hablo de Darwin, reviento) nos pusiera delante que los animales tenían emociones [16], sigamos poniendo trabas a este tema. Afortunadamente, cada vez abrimos un poquito más nuestras mentes, investigamos y estudiamos más al respecto y aceptamos que, cuando hablamos de la calidad de vida de los animales, también tenemos que incluir su bienestar emocional.
Pero, volviendo al tema que nos ocupa, esta incapacidad de dar el lugar e importancia que merece a la salud mental, convierte en una decisión especialmente compleja y dolorosa la eutanasia por motivos conductuales.
Estamos hablando de animales, generalmente perros, con una ansiedad incesante, miedo, depresión, conductas agresivas y peligrosas para las personas, otros animales y, por qué no, a veces también para ellos mismos, con un nivel de enfermedad que provoca una mala calidad de vida [17].
Aun así, lo que se tiene delante generalmente es un animal físicamente sano, por lo que el interrogante de si hay algo más que se puede hacer para lograr que mejore tiene demasiado peso e impide y retrasa, con frecuencia, llegar a la decisión de la eutanasia.
La sensación de rendición y de estar fallándole como tutor, es demasiado fuerte y tiene excesivo poder.
Uno de los factores que complican más cualquier proceso de duelo es el juicio externo y la vergüenza a esa mirada de los otros. Eso implica, entre otras cosas, no poder hablar de lo que se está pasando, de lo que se siente por la situación y por la decisión tomada. En definitiva: tener que esconderse.
Tanto es así que existen incluso comunidades de personas que han pasado por estos procesos, para poder compartir emociones, frustraciones, culpas y que dejen de sentirse solos. La lucha interna de los tutores que pasan por estas situaciones es mucho mayor que en cualquier otro proceso de eutanasia.
Poner final a la vida de un animal por motivos conductuales es una realidad. Como sociedad debemos empezar a aceptar que no siempre todos los perros pueden recuperarse de sus traumas y trastornos mentales. El hecho de que no haya nada físico objetivo y tangible que nos facilite la decisión de la eutanasia no es tenerlos en cuenta y cuidar su bienestar.
Juzgar a las familias que pasan por estas situaciones es poner más trabas a un proceso que ya, de por sí, es desgarrador. Nos guste o no, nos duela más o menos, no siempre mantener con vida es la decisión más compasiva y generosa para un animal con este padecimiento.
En este artículo hemos podido recorrer toda la línea que va desde lo que significa para nosotros la incorporación de los animales a nuestras vidas, hasta lo que nos supone verlos morir. La, cada vez más profunda, conexión entre humanos y animales de compañía nos lleva a ver con otros ojos y desde otra mirada el impacto emocional de su pérdida y la complejidad ética y emocional de la eutanasia.
La reflexión de la decisión de la eutanasia es imprescindible. Ya sea por motivos de salud física o comportamentales, la eutanasia siempre pone delante desafíos únicos que requieren de nosotros compasión, comprensión y la valentía de tomar decisiones difíciles en pos del bienestar de nuestros compañeros no humanos.
Este diálogo subraya la importancia de abordar el duelo y la eutanasia de mascotas con la misma seriedad que tratamos estos temas en humanos, reconociendo la validez de nuestro dolor y la responsabilidad de garantizar una vida y una despedida dignas para aquellos que consideramos parte de nuestra familia.
BIBLIOGRAFÍA.
Tipología de perros de asistencia según la legislación española