Rabia: un desafío global milenario aún sin resolver
12/09/2025
12/09/2025
Por:
International Network for Management of Animal Bites (INMAB)
Hablar de rabia puede significar cosas muy distintas, según desde dónde se mire. En países como España o Reino Unido, se describe como una enfermedad grave pero excepcional, casi anecdótica [1, 2, 3]. Sin embargo, en otras regiones del mundo, la rabia sigue siendo una amenaza cotidiana que se cobra unas 70.000 vidas al año [4].
¿Cómo es posible que esta enfermedad letal, tan antigua y, a la vez, tan prevenible, nos resulte tan ajena y siga causando tantas muertes? Quizá porque la rabia no solo habla de virus y mordeduras, sino también de desigualdad, de abandono, y de cómo nos relacionamos con los animales que nos rodean.
La rabia suele describirse como un problema infeccioso: un virus que se transmite sobre todo a través de la mordedura de un animal -aunque también puede ocurrir por arañazos o por contacto de la saliva con heridas abiertas-, recorre el sistema nervioso hasta llegar al cerebro y provoca la muerte de quien ha sido infectado. Sin embargo, detrás de esta definición biomédica se esconde mucho más. La rabia es una de las enfermedades más antiguas conocidas por la humanidad, cargada de miedo, mitos y representaciones culturales, pero también es un espejo de cómo los seres humanos nos relacionamos con los animales y con nuestro entorno.
Cada nueve minutos, en algún lugar del mundo, una persona muere de rabia [5]. La mayoría son niños que viven en comunidades rurales de Asia y África, donde el acceso a la vacunación y a los tratamientos post-exposición es limitado. Es una enfermedad 100% prevenible, y, sin embargo, continúa cobrándose demasiadas vidas al año.
La rabia no es únicamente una cuestión de salud pública: es un reflejo de cómo la desigualdad, la invisibilidad y la falta de recursos modelan nuestras formas de convivir, proteger y responsabilizarnos mutuamente. Esta enfermedad, que emerge en los márgenes de las interacciones humano-animales (donde la convivencia se vuelve riesgo) nos obliga a repensar las relaciones que establecemos con los animales en función de las condiciones sociales que las rodean.
Aunque las enfermedades zoonóticas han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos [6, 7], la rabia destaca como la primera de la que existe constancia escrita. El Código de Eshnunna, en la antigua Mesopotamia (1800 a.C.), [8, 9] ya regulaba la responsabilidad de los dueños de perros rabiosos, reflejando que no era vista solo como un problema médico, sino como una amenaza social vinculada a la convivencia con los animales.
Durante siglos, la rabia estuvo rodeada de supersticiones, castigos divinos y medidas drásticas, desde rituales religiosos hasta matanzas de perros callejeros [9, 10].
El gran punto de inflexión llegó en 1885, cuando Louis Pasteur desarrolló la primera vacuna efectiva [9, 10]. Desde entonces, la rabia dejó de ser solo símbolo de miedo y se convirtió también en un ejemplo de cómo la ciencia y la prevención podían transformar nuestra relación con los otros animales.
En muchos países, la rabia parece un recuerdo del pasado. En Estados Unidos, Japón, España, Chile o en el Reino Unido, por ejemplo, la rabia canina ha sido eliminada y las muertes humanas por mordedura de perro ya no forman parte de la experiencia cotidiana [11]. Esto podría llevarnos a pensar que es un problema “de otros”, algo lejano que apenas nos afecta. Sin embargo, la realidad es más compleja: vivir en un país libre de rabia no significa que el riesgo haya desaparecido, sino que ha sido controlado gracias a esfuerzos constantes que no pueden darse por sentados.
Las condiciones que hoy nos permiten vivir sin rabia son fruto de políticas sostenidas: legislación que regula la vacunación de los animales de compañía, campañas masivas de inmunización en perros, vigilancia epidemiológica, programas de educación comunitaria y sistemas de salud capaces de responder ante una exposición. Si estas medidas se relajaran, la enfermedad podría reemerger, como ha ocurrido en distintos momentos de la historia cuando se bajó la guardia.
Además, el riesgo nunca es cero. La globalización y el aumento de los desplazamientos hacen que personas y animales crucen fronteras constantemente. Un perro sin vacunar que entra de forma ilegal, un viajero que regresa de un país endémico sin estar protegido, o una mordedura de murciélago -reservorio natural del virus en muchos lugares- son situaciones que pueden reabrir la puerta al virus en territorios libres de rabia canina. En junio de 2025, un hombre de 44 años falleció en la Comunidad Valenciana tras contraer rabia por la mordedura de un perro en un viaje a Etiopía [12]. El paciente no estaba vacunado, y aunque recibió inmunoglobulina antirrábica durante su ingreso, no se consiguió su recuperación. Este caso reciente demuestra con crudeza que la rabia no es un problema “lejano”, sino un riesgo real si se descuidan las medidas de prevención.
¿Qué significa esto en la práctica? Que la responsabilidad individual y colectiva sigue siendo clave:
Este “nosotros” privilegiado, que hoy vive sin rabia canina, tiene un doble compromiso. Primero, no olvidar que la ausencia de casos es el resultado de políticas activas que deben mantenerse en el tiempo. Y segundo, reconocer que lo que para nosotros es un derecho adquirido -vivir sin miedo a la rabia- sigue siendo un horizonte pendiente para millones de personas en Asia y África. Mantener y valorar estas condiciones aquí es, al mismo tiempo, un modelo y un impulso para que puedan replicarse en contextos donde la desigualdad aún convierte la rabia en una sentencia de muerte.

Los murciélagos son esenciales para los ecosistemas, pero algunas especies pueden actuar como reservorios del virus de la rabia.
Si hay algo que explica por qué la rabia sigue matando en pleno siglo XXI no es la falta de ciencia ni de herramientas, sino la desigualdad. Hoy sabemos con precisión cómo cortar la transmisión: vacunar al menos al 70 % de los perros y garantizar acceso rápido a la profilaxis post-exposición en humanos. Sin embargo, cada año mueren decenas de miles de personas por rabia, la mayoría niños en comunidades rurales de Asia y África [4, 5].
La rabia, reconocida por la Organización Mundial de la Salud como una de las enfermedades tropicales desatendidas [13], se perpetúa allí donde la pobreza limita el acceso a la prevención. Donde hay recursos, la enfermedad deja de ser una amenaza. Donde los sistemas de salud son frágiles, los servicios veterinarios inexistentes y el acceso a la vacunación limitado, la rabia persiste. El virus no discrimina, pero la sociedad sí: quienes mueren no son quienes viven en grandes capitales con hospitales y vacunas disponibles, sino quienes recorren kilómetros sin acceso a un centro de salud o quienes no pueden pagar una dosis.
Las cifras hablan de un problema global, pero las historias detrás son locales: familias que pierden a un hijo porque la vacuna no llegó a tiempo, comunidades rurales donde los perros no son vacunados porque no hay campañas ni información, personas que quedan fuera de la prevención por falta de recursos y acceso.
En este sentido, la rabia es un claro espejo de nuestras prioridades colectivas. No estamos ante un virus invencible, aunque a veces pueda parecerlo, sino ante la dificultad de distribuir de forma equitativa lo que ya sabemos que funciona.
Alcanzar el objetivo global de Rabia Cero 2030 es un desafío, pero es posible, siempre y cuando cada actor en esta historia se tome con responsabilidad aquello que le toca hacer. Para los gobiernos, significa garantizar acceso a vacunas; para las comunidades, educar y prevenir; y para quienes vivimos en países libres de rabia, mantener la vacunación de nuestros animales y no olvidar que esta victoria no está asegurada para siempre. Porque la rabia no es solo un problema de otros: también nos interpela a nosotros.
En medio de este panorama desigual, es importante recordar que la rabia puede controlarse cuando existe compromiso político, recursos sostenidos y participación comunitaria. América Latina es un buen ejemplo.
En Chile, el último caso de rabia humana transmitida por un perro se registró en 1972. Desde entonces, gracias a campañas masivas de vacunación y a un sólido programa de vigilancia, el país se ha mantenido libre de rabia canina. El desafío no desapareció: en 1985 se detectó por primera vez el virus en murciélagos insectívoros, lo que obligó a reforzar la vigilancia epidemiológica. Hoy, la rabia en Chile persiste únicamente como casos esporádicos vinculados a murciélagos, pero el control de la rabia canina se mantiene como un logro histórico de salud pública [14].
Este éxito no es exclusivo. En la región, las campañas coordinadas de vacunación de perros redujeron en más de un 97 % las muertes humanas por rabia canina desde 1980. Países como México han alcanzado ya la eliminación de la rabia canina transmitida a humanos, convirtiéndose en un modelo internacional [5].
Estas experiencias demuestran algo fundamental: la prevención funciona. La combinación de campañas de vacunación, educación comunitaria y fortalecimiento de los sistemas de salud puede transformar radicalmente el panorama. Lo que hoy parece una meta lejana en algunos países, ya fue alcanzado en otros contextos con características socioeconómicas igualmente complejas.
La lección de América Latina es clara: el problema no es técnico, sino político y social. Con constancia, inversión, políticas públicas sostenidas y el compromiso de todos, la rabia puede dejar de ser una amenaza. Y esa lección nos interpela: si se pudo aquí, ¿por qué no también en otros lugares?
Un éxito regional como el de América Latina no podía convertirse en un hecho aislado. En 2015, cuatro actores clave decidieron unir esfuerzos para transformar experiencias dispersas en una estrategia común: la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la Organización Mundial de Sanidad Animal (WOAH, antes OIE) y la Alianza Global para el Control de la Rabia (GARC). De esa alianza nació la iniciativa “Rabia Cero 2030” (Zero by 30): lograr que, para el año 2030, no haya más muertes humanas causadas por rabia canina [5].
El plan no se centra en la erradicación total del virus en la naturaleza (un objetivo inviable porque el virus también circula en reservorios silvestres), sino en un propósito mucho más concreto: eliminar las muertes humanas transmitidas por perros. La estrategia combina tres ejes principales:
Para avanzar, la iniciativa planteó un calendario en fases:
Los ejemplos de éxito en diferentes contextos son alentadores. En México, décadas de campañas sostuvieron la eliminación de la rabia canina transmitida a humanos. En KwaZulu-Natal (Sudáfrica), la combinación de vacunación canina, formación de personal sanitario y acceso gratuito a vacunas humanas permitió reducir a cero las muertes humanas en la región más afectada. En países como Sri Lanka y Filipinas, estrategias adaptadas a la realidad local (desde bancos de vacunas hasta programas escolares) han logrado reducciones significativas de casos [5].
Sin embargo, la pregunta persiste: ¿es realmente viable alcanzar la meta de 2030 en un mundo tan desigual? Los avances demuestran que la rabia puede retroceder rápidamente cuando existen recursos y coordinación, pero en muchas regiones las limitaciones estructurales siguen siendo enormes: sistemas de salud débiles, pobreza, conflictos armados o ausencia de voluntad política.
Zero by 30 es, en ese sentido, más que un plan técnico: es una prueba de nuestra capacidad colectiva de superar la inequidad para salvar vidas humanas y animales con medidas sencillas y conocidas.
La rabia es, al mismo tiempo, una de las enfermedades más antiguas y una de las más injustas. Prevenible al cien por cien, sigue cobrándose decenas de miles de vidas cada año, casi siempre en contextos de pobreza y desigualdad. No estamos ante un virus invencible, sino ante el reto -y la responsabilidad- de garantizar que las soluciones disponibles lleguen a todos.
Los logros alcanzados en Chile, en México y en buena parte de América Latina demuestran que la prevención funciona. Zero by 30 nos recuerda que la meta de un mundo libre de muertes por rabia canina no es una utopía, sino un horizonte alcanzable si cada actor cumple con lo que le corresponde.
La rabia es también un espejo del vínculo humano-animal: nos muestra que vacunar a los perros y garantizar su bienestar no solo protege a los animales, sino que salva vidas humanas y fortalece comunidades. En este sentido, es un ejemplo paradigmático de lo que significa One Health y One Welfare: entender que nuestra salud depende de la de los animales y del entorno que compartimos.
Un mundo sin rabia es posible. Pero solo si lo construimos con justicia, responsabilidad y la certeza de que, al proteger a los animales, nos estamos protegiendo también a nosotros mismos.
Para más información práctica, puedes acceder a materiales de libre descarga -infografías, cápsulas informativas y recursos educativos sobre la rabia- en la web de INMAB: https://www.inmab.org/materiales-y-guias/objetivo-rabia-cero/
Referencias:
El bienestar animal, pilar imprescindible para alcanzar la Agenda 2030