Biología de la invasión:
¿a quién beneficia?
2/1/2026
2/1/2026
Por:
Núria Almiron
Catedrática de universidad
Co-directora del UPF-Centre for Animal Ethics
Coordinadora del proyecto PESTS
La decisión de eliminar masivamente jabalíes en Catalunya pone en evidencia el peso creciente de la biología de la invasión en las políticas ambientales. En este artículo cuestiono el relato que justifica la erradicación de especies consideradas “plagas” o “invasoras” y señalo las contradicciones, los intereses y la mirada profundamente antropocéntrica que hay detrás de estas decisiones.
Los jabalíes como culpables
El gobierno de la Generalitat de Catalunya anunció a mediados de diciembre de 2025 la eliminación de la mitad de la población de jabalíes en Catalunya como medida para contener y prevenir nuevos brotes de peste porcina africana. Sobre este brote ya nos hemos posicionado en el UPF-Centre for Animal Ethics en este comunicado, y lo hemos explicado también con Eze Páez en este artículo. No me ocuparé aquí de ello sino del marco en el que se inscriben este tipo de políticas de erradicación.
Los jabalíes, por supuesto, no son responsables de que los humanos mantengan un sistema alimentario cruel, insostenible e ineficiente. Son una especie autóctona que no puede ser considerada invasora; sin embargo, se los considera como plaga, lo que los condena a las mismas medidas que se aplican a las especies invasoras: en esencia, su eliminación, de acuerdo con los preceptos de la biología de la invasión.
La biología de la invasión
Hoy en día, la biología de la invasión es un campo consolidado y con una fuerte presencia en la agenda ambiental. A través de sus estudios y modelos para identificar riesgos asociados a especies consideradas no nativas, ha contribuido a generar una gran atención pública sobre ellas, en gran medida desde su propio marco conceptual. Si bien el auge de la biotecnología está contribuyendo a dotar a la biología de la invasión de una renovada aura de innovación y de modernidad, en la práctica la mayoría de los métodos promovidos por este campo continúan siendo de naturaleza química o directamente mecánica/física, como la caza o el uso de trampas.
Acabar con la vida de animales en la naturaleza para preservar la vida en la naturaleza parece, en sí mismo, una contradicción. Sin embargo, la biología de la invasión lo justifica a partir de tres argumentos fundamentales: la distinción entre especies nativas y no nativas; el impacto ecológico que algunas especies consideradas no nativas tienen sobre otras consideradas nativas; y la necesidad ética y práctica de intervenir para restaurar un entorno natural concebido como original, estable y anterior a la intervención humana. Todos estos argumentos tienen muchos problemas.
El concepto “nativos”
En primer lugar, el concepto de natividad es altamente arbitrario. Las especies se han desplazado, desaparecido y reaparecido desde siempre. La natividad o no natividad depende de hasta cuanto hay que retroceder en el tiempo, algo en lo que no hay consenso. Los caballos modernos desaparecieron en América hace unos 10.000 años, fueron reintroducidos por los europeos hace cinco siglos y son considerados hoy una especie no nativa. El castor europeo fue una especie ampliamente distribuida por casi toda Europa, pero la caza prácticamente lo extinguió en la mayor parte del continente a partir de la edad media. Fue reintroducido a partir del siglo XX, después de estar ausente durante siglos de algunas regiones de Europa. Hoy se le considera una especie autóctona. El conejo europeo, originario de la península Ibérica y el sur de Francia, fue trasladado por los humanos desde época romana a distintas regiones de Europa y a las islas británicas, donde no existía previamente. A lo largo de los siglos, sus poblaciones desaparecieron y reaparecieron en distintos lugares, con movimientos repetidos entre el continente y las islas, casi siempre ligados a la acción humana. Pese a este historial de introducciones y reintroducciones, hoy el conejo es considerado autóctono en gran parte de Europa. La categoría de nativo o no nativo no es una propiedad biológica estable, sino una decisión histórica y normativa sobre qué pasado se decide tomar como referencia.
La responsabilidad humana
Por otro lado, el impacto ecológico de las especies consideradas no nativas es real, nadie lo pone en duda. Pero dado que siempre ha habido movimientos de especies en el planeta y que, además, los humanos hemos tenido muchísimo que ver con la mayoría de estos movimientos desde que hemos poblado el planeta, no parece lógico castigar a los animales por ello. De hecho, prácticamente todas las regulaciones legales del mundo definen a las especies invasoras como aquellas introducidas por la actividad humana. Por ejemplo, las más de cien especies catalogadas como exóticas invasoras en España han llegado por acción humana, ya sea directa o indirecta. Tomemos el caso del visón americano.
Todo indica que esta especie ha desplazado al visón europeo, provocando la práctica desaparición de este último. Sin embargo, conviene recordar que el visón americano llegó a Europa hace más de un siglo, importado por los humanos para su explotación en granjas peleteras. En algunos territorios lleva cerca de cincuenta años viviendo en libertad y adaptado a los ecosistemas europeos, después de fugas y liberaciones. Sin embargo, esta especie es considerada invasora y sus individuos son eliminados bajo el eufemismo de “control poblacional”.
El ideal de naturaleza pristina
Finalmente, el intento de restaurar un supuesto pasado ecológico original tropieza con la misma falta de objetividad que afecta al concepto de natividad. ¿Qué momento geobiológico debería tomarse como referencia? ¿El Pleistoceno, anterior a la presencia humana, o un periodo más reciente, como el preindustrial, ya profundamente marcado por la influencia humana? Esta indeterminación pone de relieve que toda propuesta de “restauración” implica una elección humana y normativa, y que no supone un retorno a un estado natural puro e inalterado, sino la proyección de un ideal construido desde el presente.
¿Significa todo esto que no debemos intervenir en la naturaleza y que la degradación del medioambiente y la pérdida de especies no debería importarnos? Por supuesto que no. Pero la intervención que promueve la biología de la invasión no beneficia a la vida en su conjunto, sino que prioriza una visión selectiva y simplificada de lo que debe ser protegido, recurriendo con frecuencia a métodos letales para corregir problemas cuya raíz es, en su mayor parte, humana y, cuando no lo es, forma parte de la dinámica natural de la vida en el planeta.
A pesar de ello, la biología de la invasión ha alcanzado en las últimas décadas un estatus e influencia considerables, siendo asumida por las autoridades públicas como la principal herramienta para gestionar las llamadas especies invasorasy plagas. Se trata este de un campo relativamente reciente, asentado durante las décadas de 1980 y 1990 –con su antecedente más lejano situado en 1958, en el libro de Charles Elton, The Ecology of Invasions by Animals and Plants–. Es también un campo altamente especializado y fuertemente cohesionado, lo que a menudo hace que la crítica externa sea recibida con reservas o rechazada, simplemente por no provenir del mismo marco conceptual.
Pero la crítica es muy necesaria
La biología de la invasión ha recibido cuestionamientos relevantes desde dentro de la propia biología y la ecología (véanse, por ejemplo, los libros de Ken Thompson), pero es desde la ética animal y los estudios críticos animales desde donde esta crítica resulta hoy especialmente urgente. Al fin y al cabo, los ecosistemas no son conjuntos abstractos, sino comunidades de vida sintiente, formadas por seres vivos, muchos de ellos animales con capacidad de sufrir como nosotros. Y, mientras que la biología y la ecología se preguntan principalmente qué funciona para preservar determinados estados ecológicos, la ética animal plantea una cuestión distinta y fundamental: qué está moralmente permitido hacer a los animales. A su vez, los estudios críticos animales complementan esta mirada al identificar las dinámicas económicas, políticas y discursivas que legitiman unas u otras intervenciones.
Partiendo de estas dos últimas perspectivas, ética animal y estudios críticos animales, en la Universidad Pompeu Fabra hemos lanzado el proyecto de investigación PESTS (Influence, Governance, and Narratives: Interest Groups and Policy Dynamics Shaping the Discourse on ‘Invasive Species’ and ‘Pests’), cuyo fin es examinar la narrativa de la biología de la invasión (especialmente sus implicaciones éticas), aquellos que la promueven (los principales grupos de interés tras ella) y las implicaciones políticas que su aplicación conlleva (esencialmente su efectividad). Estamos muy agradecidas de que algunas instituciones, entre ellas la Cátedra Animales y Sociedad de la Universidad Rey Juan Carlos, dirigida por Núria Máximo, nos hayan dado su apoyo.
Con ello se pretende abrir una perspectiva más plural y reflexiva sobre las formas de intervención dirigidas a los animales que aún viven en libertad. Una perspectiva que incorpore la dimensión ética y crítica que permita abordar con mayor profundidad la complejidad de los procesos que afectan a estos animales. Porque la gestión de las poblaciones de animales libres no constituye un mero problema técnico, sino que es fundamentalmente una cuestión moral y política.
Familias y animales de compañía: entre las familias multiespecie, los bebés...