El Antropoceno también tiene patas, aletas y alas.
Cómo hemos cambiado el planeta y qué significa para los animales que lo habitan.
02/10/2026
Cómo hemos cambiado el planeta y qué significa para los animales que lo habitan.
02/10/2026
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Imagen de: Erik Semashkin
Hay algo extraño en tirar algo a la basura. Lo hacemos constantemente y, sin embargo, la palabra «tirar» nos lleva a pensar que lo que desechamos desaparece. Basta con apartarlo de nuestra vista para dejar de pensar en ello. Quizá esa sea una de las grandes comodidades de nuestro tiempo: hemos aprendido a vivir rodeados de objetos perennes. Hemos transformado paisajes enteros, levantado infraestructuras a una escala que hasta hace poco habría resultado inimaginable y creado materiales capaces de permanecer durante décadas en los ecosistemas. El alcance de estas transformaciones ha llevado a la comunidad científica y académica a emplear un término que hoy se usa con frecuencia para hablar de nuestra relación con la Tierra: el Antropoceno.
La palabra procede del griego ánthrōpos, «humano», y alude a la influencia que nuestra especie ejerce sobre los sistemas terrestres. El concepto se ha extendido en las últimas décadas a través de campos muy distintos, desde las ciencias ambientales hasta la filosofía, la literatura o los estudios culturales. No obstante, como categoría geológica formal, la historia es más compleja. En 2024, la propuesta de incorporar formalmente el Antropoceno a la escala temporal geológica fue rechazada por la Subcomisión de Estratigrafía del Cuaternario. Sin embargo, esto no ha impedido que el término siga utilizándose para describir una realidad que cada vez resulta más difícil de ignorar: la actividad humana ha alcanzado una dimensión capaz de alterar procesos que afectan al conjunto del planeta.
La Tierra, por supuesto, nunca ha permanecido inmóvil. Mucho antes de nuestra aparición hubo grandes cambios climáticos, glaciaciones, erupciones volcánicas y extinciones masivas. Las especies aparecieron y desaparecieron y los ecosistemas se transforman una y otra vez. Lo particular del momento actual tiene que ver con la rapidez y el alcance de la intervención humana. En apenas unos siglos hemos modificado buena parte de la superficie terrestre y hemos llevado nuestra influencia hasta lugares muy alejados de los centros donde se toman las decisiones que la producen. Hay cambios que apenas percibimos ya que forman parte de nuestra vida cotidiana. Una carretera atraviesa un bosque, una costa se llena de edificios, el plástico termina en el agua.
Para nosotros, son transformaciones del paisaje; para los animales que viven allí, pueden alterar aquello que necesitan para alimentarse, refugiarse o desplazarse. En 2025, el mundo consumió alrededor de 516 millones de toneladas de plástico, y unos 11 millones de toneladas llegaron a los ecosistemas acuáticos. Son cifras difíciles de imaginar hasta que recordamos que, detrás de ellas, hay espacios habitados por animales que tienen que adaptarse a un entorno que cambia sin haberlo elegido. Esta distancia entre nuestras acciones y sus consecuencias es una de las características más desconcertantes de nuestra época.
Tal vez por eso la frontera entre naturaleza y sociedad resulte cada vez más difícil de dibujar. Hemos llevado nuestra presencia hasta lugares que durante mucho tiempo imaginamos como «naturales». Así pues, la naturaleza no es un lugar al que vamos, sino el mundo del que nunca hemos salido. Y dentro de ese mundo compartido, hay animales que ocupan un lugar privilegiado en nuestra atención mientras otros permanecen prácticamente fuera de ella. ¿De qué depende, pues, que una especie nos importe?
El Valor también se aprende
Las respuestas tienen que ver con nuestra historia cultural y con la forma en que cada sociedad aprende a mirar el mundo. Desde pequeños reconocemos animales que asociamos con la compañía, la ternura, el peligro, la alimentación o la vida salvaje. Algunas especies aparecen constantemente en cuentos, películas, campañas de conservación y símbolos colectivos; otras quedan relegadas a espacios mucho más discretos. Con el tiempo, estas asociaciones pueden llegar a parecernos naturales, aunque también sean el resultado de una determinada manera de organizar nuestra experiencia.

Imagen de: Erik Semashkin
Es aquí donde la obra de Pierre Bourdieu puede ofrecer una perspectiva interesante. Su concepto de capital simbólico describe una forma de valor que depende del reconocimiento social. El prestigio, la autoridad o la legitimidad de algo no proceden únicamente de sus características materiales, sino de que exista una comunidad capaz de reconocerlas y otorgarles importancia. Basta con ver un panda para pensar en la conservación, un perro para pensar en compañía o un caballo para evocar tradición, deporte y elegancia. Incluso nuestra sensibilidad ante el maltrato depende, en parte, de quién es el animal que tenemos delante y del significado que hemos aprendido a atribuirle. Sin embargo, esas categorías también pueden cambiar. Lo que una sociedad reconoce como valioso en un momento determinado puede adquirir otro significado con el tiempo. Una muestra especialmente interesante de este desplazamiento se manifiesta en el lenguaje con el que las instituciones han comenzado a referirse a los animales.
Cuando las palabras dejan huella
El artículo 13 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea establece que, al formular y aplicar determinadas políticas de la Unión, los Estados miembros deben tener plenamente en cuenta las necesidades de bienestar de los animales «como seres sensibles». La expresión adquiere importancia porque introduce en el marco jurídico europeo una consideración vinculada a la capacidad de los animales para sentir.
En España, la Ley 7/2023, de protección de los derechos y el bienestar de los animales, incorpora igualmente la consideración de los animales como seres sintientes y establece un marco específico de protección y bienestar. Aunque estas normas no resuelven por sí mismas las tensiones que existen en nuestra relación con los animales, muestran que las categorías jurídicas pueden desplazarse cuando cambia aquello que una sociedad está dispuesta a reconocer. Es decir, si el reconocimiento contribuye a determinar aquello que una sociedad considera relevante, modificar el lenguaje con el que se reconoce a los animales también puede modificar el espacio que ocupan en nuestras obligaciones. Quizá este cambio ayude a plantear de otra manera la pregunta que atraviesa todo el Antropoceno: ¿qué vidas tenemos en cuenta cuando decidimos cómo queremos habitar el planeta?
Vivir dentro del mundo que hemos construido
El Antropoceno introduce una incomodidad difícil de esquivar porque nos obliga a reconocer que las consecuencias de nuestras decisiones pueden prolongarse mucho más allá del momento en que las tomamos. Los animales forman parte de esta historia aunque rara vez aparezcan en el relato con el que contamos esas transformaciones. Pensar el Antropoceno desde su perspectiva significa ampliar la escala de nuestra mirada para incluir las vidas que experimentan las consecuencias de decisiones tomadas en otros lugares y momentos. La cuestión, entonces, tiene que ver con cómo queremos habitar un mundo cuyas condiciones hemos contribuido a transformar.
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